· Carta de Lectores Walter Benjamín dijo alguna vez que en los hospitales la gente se muere de hambre de piel. Yo vine a vivir a esta ciudad hace 20 años, entre otras razones porque la maldita observación de Benjamín no era regla en el Hospital de esta comunidad. A los 53 años sé que soy muchas cosas en la vida, pero no cabe duda que una de las que más me constituye es ser médica, psiquiatra, desde hace casi 30 años. Para mí, hablar del hospital -de éste o de otro- es siempre hacerlo desde un lugar de reconocimiento, sabiendo lo que implica una conquista en un terreno que siempre es carne de demanda. Según el diccionario de Moliner un Hospital es un establecimiento sanitario público, de gran capacidad, con camas para que los enfermos puedan permanecer internados el tiempo que necesiten para su tratamiento. En una segunda acepción, se lo define como una casa que acoge, por tiempo limitado, a enfermos y peregrinos. De ahí, el “ser hospitalario" entraña en su sentido original un deber recíproco de hospitalidad: saber ser huésped y devolver el gesto. En realidad, la palabra “hospital” nació como adjetivo acompañando siempre a un nombre, pero de tanto ir solo acabó convirtiéndose en sustantivo, y durante siglos tanto “hospital” como “hospicio” fueron términos que entrañaban pobreza. La necesidad de diferenciación en relación a este estigma generó la aparición de otras palabras: clínicas, residencias. El Hospital es un lugar que nos conecta con el dolor, la finitud y demás yerbas; nos inspira admiración, temor, necesidad y renueva votos de confianza en lo sagrado y en la ciencia. El paso por la experiencia de ser hospitalizado genera en la mayoría de los casos un reconocimiento agradecido. Uno se forma profesionalmente en un Hospital, situación que luego de obtener un título no declina, porque en ese lugar uno sigue siempre buscando educarse. Es una conquista social importantísima tener un hospital, saber que se dispone de una institución que no ofrece servicios con fines de lucro, que sin distingo nivela ecuánimemente sus recursos. No es dato menor que quienes trabajan en ella tienen una idoneidad controlada por el Estado. Esto es, meter la mula en un hospital público –al menos antes, no sé ahora-, era muy difícil y para eso estaban los privados, donde nadie ejercía el contralor suficiente. Entonces, cuando uno toma conciencia de que el Hospital, el nuestro, el de San Martín de los Andes, ése donde se ha nacido, se ha muerto y se han peleado miles de batallas contra la enfermedad y el sufrimiento de una gran proporción de habitantes de nuestra localidad, ése que siempre fue generoso cuando uno necesitó solicitar una internación, ése que forma residentes de todo el país que lo eligen para capacitarse, ése, el nuestro, estuvo casi cerrado durante 48 horas. Sin función, casi difunto. Yo imaginé que ante tal panorama, lo menos que iba a pasar era una pueblada, por esto del deber encarnado y recíproco de hospitalidad. Pensé que todos se iban a presentar para reclamar la garantía del funcionamiento institucional. Pero la comunidad desarticuló un registro de pedido de ayuda, se ensordeció, como embrutecida. Frente a la necesaria participación de pertenencia fue “hostil”, palabra ésta que paradójicamente tiene la misma raíz que “hospitalario”. Hostil en las ausencias. Se hicieron presentes sí unas decenas de personas que no dejaban de preguntarse una a otras: ¿dónde está el resto de la gente? ¿qué nos pasa que no reaccionamos frente a las cosas más indispensables? ¿qué valores tenemos como comunidad? Y entonces me avivé. Hoy supe que esa muerte por hambre de piel, no tiene asiento en nuestro hospital sino en el gran embrutecimiento moral de nuestro ser ciudadano actual. Dra. Virginia Clark. Médico Especialista en Psiquiatría. UBA.MN61.691 San Martín de los Andes Correo no deseado
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